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Libertad
de
Francisco Alarcón

Raíces
de Américo Martín
Próximas ediciones:
Poesías Selectas
de Teresa Coraspe
Pensar sobre lo ya pensado ¿Para qué filosofar? de
Rosana Ordóñez
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CUADERNOS LITERARIOS
Américo Martín
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
Mi verso, como deja el capitán su espada:
Famosa por la mano viril que la blandiera
No por el docto oficio del forjador preciada.
Estos versos de Antonio Machado deberían ser publicados con
los siguientes comentarios de León Felipe:
Lo importante es esta fuerza que lo conmueve todo –lo
que viene en el viento y lo que está en mis entrañas- , este fuego que lo
enciende, que lo funde y organiza todo en una arquitectura luminosa, en un
guiño flamígero, bajo las estrellas impasibles. Y que no diga ya nadie:
“Esta fórmula es vieja y vernácula, y aquella otra es nueva y extranjera,
porque no ha habido nunca más que una fórmula para componer un poema: la
fórmula de Prometeo”.
Me gustaría ilustrar estos Cuadernos Literarios con
otro comentario que, unido a los que acabo de citar, definirá la forma
como perciben la literatura y el arte en todas sus expresiones el editor y
los directores de la publicación. Me refiero a dos cuestiones esenciales:
1) el significado de ciertos temas que han fatigado la agenda literaria a
lo largo de los siglos. Es de ver, no sin asombro, que después de tanto
vanguardismo, modernismo, iconoclasta, ultraísmo, dadaísmo, tanto placer
por agredir, y tanto esfuerzo inútil en los más variados asaltos al cielo,
la humanidad con pasmosa frecuencia vuelva a las más sólidas virtudes
clásicas. Grave error sería quedarse allí, junto con los dramaturgos,
fabulistas y poetas del siglo XVII francés o envuelto en las confortables
mantas del renacimiento y de la cultura greco-romana. La humanidad pese a
todo ha cambiado drásticamente, lo mismo que la literatura y el arte, cuyo
desarrollo y profundización deben mucho al romanticismo, el barroquismo,
el modernismo, la vanguardia. Incluso en momentos de profundo declive,
como los que sufrió el gran teatro isabelino y jacobino después de la
muerte de Cromwell y la restauración monárquica inglesa de 1642, se
produjeron avances notables en la estructura de las obras dramáticas y en
los escenarios donde éstas se celebraban. Por eso el neo-clasicismo deja
mucho que desear, y si es bueno siempre volver al disfrute de los clásicos
no sería para sujetarnos servilmente a sus reglas y compartir plenamente
su ideal artístico. Digamos otra vez con Machado:
Caminante, son tus huellas el camino y nada más…
Caminante no
hay camino sino estelas en la mar.
2) ¿Arte puro, arte de y para las élites o arte para las masas?.
Extrañamente, el clasicismo, que no es sino un intento de sintetizar
emoción y razón, mediante la canalización de aquella por ésta, según una
interpretación primeriza y poco meditada no debía ser popular. A primera
vista parece que la manera de tocar la sensibilidad colectiva consiste en
la plena libertad del arte, en el sentido de su no sujeción a reglas o
preparativos que puedan extinguir la emoción. El vínculo emocional debía
ser la forma más expedita de conectar los corazones de la multitud y de
los creadores. La realidad en cambio quiere que Cervantes sea –según
muchos- el primero y el mejor novelista que haya existido y sin embargo el
Quijote tuvo una popularidad inmediata y fulgurante. ¿Qué decir de la
enorme devoción despertada en el público español por las interminables
puestas de Lope de Vega o por los poemas de Garcilazo o Quevedo? Incluso
Góngora, el oscuro, el culterano y conceptista, fue soslayado durante tres
siglos pero en su época si bien fue objeto de críticas a veces brutales
(como podían salir de la pluma de un escritor extraordinario pero cáustico
como Quevedo) se le tuvo con mucha razón entre los grandes poetas del
siglo de oro. ¿A qué se debe la desbordante aceptación del teatro
isabelino e incluso de sus antecedentes en los Misterios, Moralidades e
Interludios? ¿Qué decir de los Sonetos de Petrarca, recorriendo como
azogue los inexistentes caminos de Europa?. Desde luego, también los
narradores y poetas románticos en muchas partes gozaron del afecto
colectivo. Byron, Hugo, Goethe, las rimas de Bécquer (que destronaron de
su pedestal romántico a José de Espronceda y José Zorrilla) Por eso la
popularidad no tiene que ver con géneros específicos sino más bien con
situaciones específicas. El público que aplaudía a Esquilo, Sófocles o
Aristófanes compartía sus emociones entre la guerra, el teatro y el juego.
Eran públicos cultivados, que apreciaron las manifestaciones artísticas de
su tiempo porque guardaban una total coherencia con la situación que
vivían. La gente iba a ver las Comedias de Moliere o las tragedias de
Racine y de Corneille o se divertía con las fábulas de Lafontaine, porque
Francia había vivido un siglo de inestabilidad y violencia y buscaba la
serenidad, la sobriedad, la armonía entre la parte emocional y las reglas
que el clasicismo del siglo XVII supo darle. En Navegación de tres
siglos, Joaquín Marta Sosa, en un excelente y minucioso esfuerzo como
antólogo de poesía venezolana, habla de “interludio popular” para
referirse a Andrés Eloy Blanco, Aquiles Nazoa y Alberto Arvelo Torrealba.
Como quiera que dos de ellos han sido de los mejores humoristas que
hayamos tenido, con la venia de Joaquín agregaría a esta línea el nombre
de Miguel Otero Silva. No pocos de los versos de estos cuatro bardos se
reprodujeron en galerones y contrapunteos. Dice Marta Sosa que le suena
paradójica la popularidad de Andrés Eloy –que no trata de menoscabar, al
contrario la salva de descalificaciones postreras- con su propensión a
cultivar las formas clásicas. El aire estilístico “conservador” no debería
parigualarse con la devoción del público, porque se parte de la idea no
demostrada de que el pueblo sea de vanguardia o prefiera estilos
revolucionarios. No lo digo por Marta Sosa, quien además es un gran
analista de la política, sino por el prejuicio sin duda arraigado durante
años de predominio de la cultura de izquierda, según el cual el pueblo es
potencialmente revolucionario y en consecuencia las innovaciones
vanguardistas en literatura deberían conquistar su favor. Claro es que no
es con este interludio que la poesía venezolana toca su nota más alta. Es
evidente que estos poetas no pueden alcanzar las alturas de Vicente
Gerbasi o de Rafael Cadenas para mencionar solo algunos de los
universalmente consagrados. Pero no ocurre eso porque sean populares, pues
estoy seguro de que Gerbasi ya lo es y Cadenas terminará siéndolo.
Mejor sería decir que la popularidad no se planifica ni cae del cielo. La
popularidad, a la postre, se alcanza sin menoscabo de la profundidad o de
la calidad de la obra, con base en la autenticidad. El rebuscamiento
manierista, el estilo delirante, escatológico o abrumador, las frases
ampulosas o la “profundidad” que busca impactar a las almas cándidas,
terminan cansando al lector. Por eso los poetas parnasianos y aún los
modernistas, pese al gran Darío, a Martí y a José Asunción Silva tuvieron
corta duración. No así el romanticismo, calificado por algunos con cierta
ampulosidad como uno de los extremos del badajo humano. El otro, el
clasicismo. La historia de la literatura sería un eterno pendular entre
esos dos extremos y los muchos grados intermedios que los separan. Enemigo
de las fórmulas sumarias, tampoco aceptaré ésta. Pero quede la verdad
documentada de que los vaivenes que dan vida a actitudes clásicas y
románticas siguen allí. De hecho, se han hibridizado. Escritores
románticos como Goethe son en otro sentido clásicos y viceversa. Para
decirlo con palabras de Marcel Proust:
Solo
los románticos saben leer las obras clásicas,
porque las
leen tal y como fueron escritas: románticamente
¿Pero es necesaria la popularidad para el desarrollo del arte? Diría que
sí. Cuando entre los autores y el público se crea un nexo de recíproca
influencia ambos ganan mucho. Shakespeare, Neruda o Lorca, Miguel Angel,
Picasso o Goya, Debussy, Beethoven, Malher o Verdi –por mencionar casos de
indiscutida popularidad- crecieron al calor de las reacciones positivas de
lectores, espectadores y melómanos. No solo como estímulo sino como tema.
Huelga decir que también se enriqueció la sensibilidad colectiva. El caso
es que la popularidad es una presa esquiva. Los que se devanan los sesos
buscándola probablemente no la encuentren nunca. Aunque como ya se ha
visto soy algo renuente a las fórmulas, me permitiré concluir postulando
una: ¿Quieres, en lo íntimo de tu corazón (porque pocos lo reconocen y
algunos han renunciado para siempre a ella) alcanzar la popularidad? No la
halagues ni la busques. Limítate a ser auténtico y a recordar que el arte
no es cosa de espontaneidades súbitas, sino de una laboriosa combinación
de tus emociones, tus intuiciones y tu conocimiento del oficio.
La colección Cuadernos Literarios es editada por El Gato Julio
(todo gato es misterioso, razón por la cual nada de raro que Julio haya
sido atrapado por el voluptuoso misterio del arte). La gran Susana Colucci
está a cargo del diseño gráfico y mi primo, el poeta Francisco Alarcón, y
este servidor, se encargan de la dirección del asunto.
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