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DE TERESA CORASPE A
SU AMIGO EL POETA
Más allá del silencio, la palabra.
En estos tiempos por demás extraños y difíciles que estamos viviendo
en el país, donde la confusión y el desatino son una negra
interrogante sin respuesta que no sea la del azar; los intelectuales
venezolanos con una profunda desorientación por los impactos de
políticas culturales incoherentes, y sumidos en una crisis
existencial ocasionada por los vaivenes de una retórica sin tregua
en la ofensa; han venido guardando silencio, un silencio que se ha
hecho palabra en la escritura, que no es silencio sino, algo más que
va ahondando la misma estructura de ese silencio, y han surgido una
gran cantidad de ediciones recientes de libros de la gente de
teatro, narradores, músicos y poetas: ellos
están hablando nos dicen aquí estamos; como una
manera de decir presente; de marcar la historia de la ignominia y la
falsedad; una forma de expresarse a través del Arte; así ha sido,
es, y lo será siempre mientras haya un opresor contra las libertades
humanas. FRANCISCO ALARCON, indudablemente no queda excluido y a
través de su palabra, nos sumerge en el mundo del poeta que se niega
a ser ahorcado, acallado y en nombre de la libertad que se ha ido
borrando por el temor, nos habla; es el paso del caminante que no se
resigna, y espera otro mediodía, una nueva luz, aunque en muchos de
sus versos surge la melancolía y el
desarraigo, aunado a la pérdida de la confianza en la existencia. La
misma dinámica del vivir diario permite que el poeta se recupere de
estos estados propios de las personas sensibles porque conocen la
historia, y otras historias de “procesos” semejantes. Nada es,
entonces, tan extraño a nosotros hasta que lo sentimos en nuestra
propia piel. Las lecturas nos involucran en forma afectiva, es
cierto; pero la lengua cortada nos duele dentro de la boca cerrada
por temor a abrirse. Quizás piense en Pavese, Vintilo Horia, Ovidio
y gente muy cerca de nosotros, junto al mar.
Es el
mismo dolor por muy antiguo que el dolor sea, no cesa.
FRANCISCO ALARCÓN, prosigue su camino tal como lo dice:
“ni la oscuridad de la noche me contiene
Ando buscando los pasos a escondidas
entre muros íntimos y espinas…”
Se vislumbra un camino porque en el fondo de sí mismo, existe la fe
de que algo suceda, que no todo se pierda:
“y perturbado dejé la ruta abierta”.
El destierro, la diáspora, el exilio son palabras ajenas a su
esencia; a su paso afincado en la hondura de la tierra:
“Aún no me pierdo
Ni me arrincono, ni oteo el destierro”.
Y se va internando en la palabra con el dolor humano
de haber mirado en forma equívoca, lo que en un día, en
otro tiempo, creyó como verdad. El hombre cambia, es
cierto: Heráclito, con el fluir de los ríos; Neruda: “nosotros
los de entonces ya no somos los mismos”
… y así en forma interminable.
Despertar al amanecer es un buen augurio; permanecer con los ojos
cerrados a la aurora del día es una pérdida irreparable porque se
vive sólo una vez y, como dice Alarcón:
“aunque el otoño me acongoje
y la vida no me dé flores
sigo el pasaje sin fin”.
Estas breves palabras para el libro de Francisco, que pronto
“prontito” como dijo María Eugenia Alonso, en la escritura de Teresa
de La Parra, alumbrará un poco la oscuridad. Es el sendero de la
Literatura el que nos queda, Francisco lo sabe, como tampoco ignora
que el Arte, de alguna manera y en todas sus manifestaciones, es una
forma de no eludir sino de re-crear; volver al espíritu de lucha, el
que no debe perderse. Por eso la lectura de sus poemas nos acerca a
sus ideas: las del poeta que en búsqueda constante
diseña su propio
itinerario:
“El sigilo no me detiene…”
“Voy por donde debo ir en aguas corrientes…”
Teresa Coraspe.
14 de Diciembre, 2004
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