|
Con una trayectoria en su
vida personal, articulista destacado, poeta, con una obra
reconocida, premiada y factor de elogios; estas palabras, las que
voy pronunciando, no creo que puedan aportar algo nuevo a lo mucho
que se ha escrito sobre este intelectual venezolano, luchador
político desde antes, ahora, desde siempre, y en el que nos
detenemos al leer sus poemas recientes que nos vienen llegando como
hojas al viento, sueltas, al calor de la grave crisis que sacude al
país y que el poeta percibe y siente; y no sólo eso, sino que abre
un paréntesis para comprometer su palabra, envuelta en el poema;
sumergida en su voz que es una espera de mejores días, de otros
momentos, donde la sangre no sea el olor, ni la huella, ni el
cautiverio, sino el esperado olor a tierra húmeda estremecida: el
esplendor de la palabra clave: Libertad, la que se sueña, la que
pervive en el encierro, en cárceles inhóspitas, en otros sueños que
se rebelan a no ser soñados, sino fuentes de vida, de ahora y para
siempre; percepciones que vamos aprehendiendo, retomando, al calor
que Francisco Alarcón nos va tejiendo, diciendo, contando como gotas
sueltas también, y donde la soledumbre, ese espacio de los solos y
tristes, se abre sus propios perfiles: como decir miedo “y no en la
soledad que nos adelante la muerte”, sino en ese íntimo espacio por
donde el poeta transita y se reconoce, y se adhiere con ese “olor a
luto” por donde andamos cada día, este tiempo negrísimo, de huellas
marcadas con las botas y el fusil al hombro conque se nos amenaza
cada día, con esa voz que viene desde todos los infiernos,
endiablada y voraz, y que Francisco deja en poemas, como decir que
así también se escribe la historia. |