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Poesías Francisco Alarcon  Resplandores hueros.  Prólogo.
  Resplandores Hueros

Francisco Alarcón

Venezuela  agosto, 2004

 

 

 

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Prólogo

 

EN SÍ MISMO

¿De dónde vino el desenfadado y amoroso vínculo de Francisco Alarcón con el soneto? Tratándose de un poeta polimétrico, ha de entenderse que no estamos ante una sumisión servil a los rasgos clásicos de esta forma de composición lírica, con sus endecasílabos y tercetos. Es más bien una aproximación al espíritu del soneto. Si se dirige la pregunta a Francisco, se dará a responder: a Zorrilla y a Shakespeare. Dos románticos. ¡Pero qué diferentes!. Ambos combinan la lírica con el teatro, como corresponde a la época isabelina y jacobita en el gran poeta inglés, y a la fuerte tradición que en ese sentido dejó el Siglo de Oro español en las cuatro centurias siguientes. Shakespeare se vale del endecasílabo y de la rima 1-3, 2-4. Poco revolucionario, pues, en la forma. Zorrilla, versificador fácil y musical es más desenvuelto, pero la distancia entre los dos es sideral. Zorrilla es de modesto vuelo, aún dentro del género romántico. En cambio Shakespeare, inventor de lo humano (Harold Bloom) es una de las más altas cimas de la literatura.


Pero poco hay en Alarcón de Zorrilla, salvo su libertad estilística. Por lo demás, en la incesante creación poética del venezolano, signo de ansiosa indagación de nuevas maneras expresivas, el molde del soneto comienza a zozobrar. Francisco, como río salido de cauce, fertiliza amplios espacios. Puedo entreverlo en sus últimos poemas. Es una búsqueda dictada por el errar espontáneo del espíritu. Es una travesía hacia sí mismo. Poner el “Yo” en el medio del decir poético es, como se sabe, tan arriesgado como extendido. Después de Walt Whitman, muchos se sintieron autorizados a hacerlo, sin comprender que en el gran poeta norteamericano semejante acrobacia lírica no es sino una manera de sumergirse en el vasto océano de la humanidad.

Yo me celebro y me canto
Y de lo que me apropie te debes apropiar,
Pues cada átomo mío te pertenece


Ya lo decía León Felipe, subyugado por el poderoso canto de Whitman: ¡Qué alegría cuando nos damos cuenta de que los pueblos están tan cerca unos de otros al través de sus poetas!

Hacia ese sí mismo enfila ahora su barco Francisco. Un sí mismo que pueda serlo de todos sus lectores y yo sé porque Alarcón navega en esas aguas. Su relación con los demás es indecisa por causas que tienen que ver con los accidentes de su propia vida personal. Una espesa náusea subsiste en él, que lo separa de multitudes y entornos cerrados. Francisco prefiere caminar libremente, adonde lo lleven sus pesadumbres. Por eso siempre creí inevitable que para encontrarse con la humanidad, destino de los poetas iluminados, tuviera que valerse de su propia experiencia como centro de creación poética. Pienso que en tal estadio de su evolución lírica podría apropiarse con probidad del introito a esa opera magna, que es el Canto a Mí Mismo:
Esto no es un libro. Quien lo toca está tocando a un hombre.

Una palabra sobre la política en Alarcón, ahora que aquella dejó de ser monopolio de profesionales para convertirse en deber de sobrevivencia ciudadana. Francisco tiene en este campo posiciones muy claras, pero en modo alguno contaminan la autonomía de sus versos. Porque desde que el dadaísmo, el surrealismo y la “vanguardia” terminaron rindiéndose a la literatura y el arte de compromiso, la invasión del interés político sobre los territorios indefensos de la creación artística ha cegado demasiadas fuentes de cristalina agua.

 

Américo Martín



 

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