EN SÍ MISMO
¿De dónde vino el desenfadado y amoroso vínculo de Francisco Alarcón con
el soneto? Tratándose de un poeta polimétrico, ha de entenderse que no
estamos ante una sumisión servil a los rasgos clásicos de esta forma de
composición lírica, con sus endecasílabos y tercetos. Es más bien una
aproximación al espíritu del soneto. Si se dirige la pregunta a
Francisco, se dará a responder: a Zorrilla y a Shakespeare. Dos
románticos. ¡Pero qué diferentes!. Ambos combinan la lírica con el
teatro, como corresponde a la época isabelina y jacobita en el gran
poeta inglés, y a la fuerte tradición que en ese sentido dejó el Siglo
de Oro español en las cuatro centurias siguientes. Shakespeare se vale
del endecasílabo y de la rima 1-3, 2-4. Poco revolucionario, pues, en la
forma. Zorrilla, versificador fácil y musical es más desenvuelto, pero
la distancia entre los dos es sideral. Zorrilla es de modesto vuelo, aún
dentro del género romántico. En cambio Shakespeare, inventor de lo
humano (Harold Bloom) es una de las más altas cimas de la literatura.
Pero poco hay en Alarcón de Zorrilla, salvo su libertad estilística. Por
lo demás, en la incesante creación poética del venezolano, signo de
ansiosa indagación de nuevas maneras expresivas, el molde del soneto
comienza a zozobrar. Francisco, como río salido de cauce, fertiliza
amplios espacios. Puedo entreverlo en sus últimos poemas. Es una
búsqueda dictada por el errar espontáneo del espíritu. Es una travesía
hacia sí mismo. Poner el “Yo” en el medio del decir poético es, como se
sabe, tan arriesgado como extendido. Después de Walt Whitman, muchos se
sintieron autorizados a hacerlo, sin comprender que en el gran poeta
norteamericano semejante acrobacia lírica no es sino una manera de
sumergirse en el vasto océano de la humanidad.
Yo me celebro y me canto
Y de lo que me apropie te debes apropiar,
Pues cada átomo mío te pertenece
Ya lo decía León Felipe, subyugado por el poderoso canto de Whitman:
¡Qué alegría cuando nos damos cuenta de que los pueblos están tan cerca
unos de otros al través de sus poetas!
Hacia ese sí mismo enfila ahora su barco Francisco. Un sí
mismo que pueda serlo de todos sus lectores y yo sé porque Alarcón
navega en esas aguas. Su relación con los demás es indecisa por causas
que tienen que ver con los accidentes de su propia vida personal. Una
espesa náusea subsiste en él, que lo separa de multitudes y entornos
cerrados. Francisco prefiere caminar libremente, adonde lo lleven sus
pesadumbres. Por eso siempre creí inevitable que para encontrarse con la
humanidad, destino de los poetas iluminados, tuviera que valerse de su
propia experiencia como centro de creación poética. Pienso que en tal
estadio de su evolución lírica podría apropiarse con probidad del
introito a esa opera magna, que es el Canto a Mí Mismo:
Esto no es un libro. Quien lo toca está tocando a un hombre.
Una palabra sobre la política en Alarcón, ahora que aquella dejó de ser
monopolio de profesionales para convertirse en deber de sobrevivencia
ciudadana. Francisco tiene en este campo posiciones muy claras, pero en
modo alguno contaminan la autonomía de sus versos. Porque desde que el
dadaísmo, el surrealismo y la “vanguardia” terminaron rindiéndose a
la literatura y el arte de compromiso, la invasión del interés
político sobre los territorios indefensos de la creación artística ha
cegado demasiadas fuentes de cristalina agua.
Américo Martín